El perro no sabe que cuando él me siente, mi corazón de tela late más fuerte. Solamente ladea la cabeza, me entiende y me promete que algún día me liberará. Y yo espero, cada tarde, que sus pasos traigan el milagro y se rompa el escaparate.
Ayer, el perro no vino. Sentí el silencio como un peso nuevo, insoportable. Entonces, desde el jardín vertical, una flor blanca cayó dentro del escaparate y tocó mi mano rígida. La tela se volvió piel. El cristal se abrió como agua. Y comprendí que no era el perro quien debía liberarme, sino el propio jardín, que siempre había conocido mi secreto.
Ayer, el perro no vino. Sentí el silencio como un peso nuevo, insoportable. Entonces, desde el jardín vertical, una flor blanca cayó dentro del escaparate y tocó mi mano rígida. La tela se volvió piel. El cristal se abrió como agua. Y comprendí que no era el perro quien debía liberarme, sino el propio jardín, que siempre había conocido mi secreto.
