Desde hace semanas vengo sintiendo que una mujer atraviesa el velo de mis sueños como quien cruza una cortina líquida. Todo comienza cuando, en la dormivela, percibo en la penumbra un resplandor que no pertenece al mundo. Luego, cada noche, ella se adentra más y más en mí, hasta que su sombra roza mi respiración.
El insomnio se ha vuelto un ritual para mí, una espera en la que temo que no haya un nuevo amanecer. Ella, sin embargo, ajena a mis miedos, me sonríe, y el silencio de la habitación se llena de ecos que no son suyos. En algún momento, todas las noches, llego a tomar conciencia de que todo se ha disuelto y el tiempo se ha replegado como una cortina transparente tras la que ella se oculta.
Al final, cuando consigo despertar, siempre descubro que es ella, la mujer, la que está soñando, y que yo soy solamente su sueño.
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miércoles, 12 de agosto de 2026
sábado, 8 de agosto de 2026
La sombra
La sombra estaba cruzando la calle antes de que su cuerpo recordara donde estaba. Nadie la había visto pasar frente a la pared blanca, salvo las ventanas, que habían cerrado sus ojos.
Dicen los vecinos que algunas noches las piedras cambian de sitio para no olvidar a quienes desaparecen entre ellas.
Cuando el caminante llegó al final de la tapia, descubrió que ya no proyectaba ninguna sombra. Parece que la encontró esperándolo al otro lado de la calle, sonriendo con el rostro que él había perdido en su infancia. Quizá, desde entonces, cada madrugada es ella quien vuelve a casa, mientras él aprende a ser un mero recuerdo.
Dicen los vecinos que algunas noches las piedras cambian de sitio para no olvidar a quienes desaparecen entre ellas.
Cuando el caminante llegó al final de la tapia, descubrió que ya no proyectaba ninguna sombra. Parece que la encontró esperándolo al otro lado de la calle, sonriendo con el rostro que él había perdido en su infancia. Quizá, desde entonces, cada madrugada es ella quien vuelve a casa, mientras él aprende a ser un mero recuerdo.
lunes, 6 de julio de 2026
La sombra del silencio
Las sombras le borraban el contorno, como si el mundo dudara de su existencia. Su mano, detenida en un gesto incompleto, parecía buscar un amarre protector. Había en su rostro una calma demasiado tensa, frágil como un suspiro. El aire vibraba con algo que no terminaba de decirse. Solo recordaba un nombre que ya no debía pronunciar. Fue en ese instante cuando la penumbra, sin exigirle nada, le brindó su abrazó.
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