Mientras la anciana removía la olla, lo hacía como siempre: despacio, con ese gesto suyo que parecía mezclar también los años. El vapor le subía a la cara y por un momento le recordó a esas oraciones que uno dice sin pensarlas, solo porque salen solas, y se perdían en el rayo de sol que entraba por la ventana.
Afuera, la calle seguía con su ruido de gente, pero allí dentro todo estaba quieto: las patatas hirviendo, el olor a leña, ese silencio que solo tienen las cocinas antiguas. Nadie le enseñó a cocinar, eso es verdad, pero sí a aguantar. Y cada vez que metía la cuchara y movía el guiso, sentía —aunque no lo dijera en voz alta— que todavía tenía algo que hacer en el mundo, que la vida seguía ahí, acompañándola.




