En el jardín, la mujer inclinó la cámara hacia una flor que parecía latir. Sentía que con cada disparo se liberaba un destello que flotaba en el aire como si tuviera peso propio.
Parecía que las sombras de los rosales se acomodaban para salir mejor en la foto y que los lirios, majestuosos, se habían erguido sobre las otras flores para posar con dignidad de retratista.
La mujer sonreía: sabía que el jardín solo se dejaba fotografiar cuando deseaba que alguien captara su belleza y que, solo entonces, el aire se llenaba de murmullos vegetales, ansiosos por ser capturados. Tomó así conciencia de que no estaba guardando meras imágenes, sino la memoria viva de aquel bello espacio.
