Justo antes de llegar al bosque, cuando el sendero se abría al cielo, los niños detuvieron sus bicicletas. Les habían dicho que en primavera se abría un resplandor especial entre los árboles y que de esa luz brotaban diminutas criaturas, aladas. Si prestaban atención podrían escuchar como cantaban en silencio.
Los tres amigos, sin miedo, ofrecieron sus manos y el bosque respondió con algo que semejaba un latido profundo. Para entonces las montañas, en la lejanía, parecían haberse inclinado ante ellos.
Fue en ese momento cuando los tres fueron tomando conciencia de que la naturaleza, cuando confía, revela su magia a quienes, como ellos, han descubierto que la amistad puede ser un canto a la tierra.

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