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miércoles, 26 de agosto de 2026

Encuentro feliz

Casi a ras del suelo estoy observando como los niños corren a encontrarse levantando con sus sonrisas un torbellino de polvo de mil colores. Un contraluz cálido recorta sus siluetas, y el vestido azul de la niña vibra como una llama suave.

Veo que los planos se alternan: sus manos extendidas, sus sonrisas abiertas, un mundo irreal detrás. Un movimiento circular los envuelve justo antes de que se encuentren, como si el tiempo latiera muy despacio, conteniendo el aliento.

Cuando por fin se abrazan, siento que su luz estalla y que la escena queda suspendida para siempre en sus memorias.

jueves, 13 de agosto de 2026

Encuentro de dos mundos

La anciana, sentada debajo del mural, pensaba en la joven pintada que parecía despertar de un sueño antiguo entre las grietas del muro. Creía que era ella misma en un tiempo ya olvidado y sentía que un viento tibio atravesaba la pared levantando una nube de polvo que semejaba recuerdos que regresan a tientas. Cuando cerraba los ojos, la anciana escuchaba murmullos que no venían de ningún lugar visible.

Un día, al fin, el rostro del dibujo inclinó levemente la cabeza, como quien reconoce a alguien después de mucho tiempo. La anciana, sorprendida, tocó con sus manos los labios de la joven y ella, desde el muro, se las besó.

martes, 11 de agosto de 2026

Deterioros

El hombre sentía que su vieja camioneta, fiel compañera durante tantos años, aún respiraba, como si el tiempo le hubiera prestado unos últimos latidos. Las nubes, apenas entreabiertas, dejaban caer una luz que parecía recordar cosas que él ya tenía olvidadas. La hierba dorada se movía en círculos, como si danzara alrededor de unos ancestrales secretos. Por un instante, creyó que la camioneta se desdoblaba en otra, más joven, más viva, hecha de pura luz y color y entonces comprendió que el deterioro no era solo muerte, sino uno de los modos en que los objetos aprenden a soñar.

domingo, 9 de agosto de 2026

Esperanza

El hombre aguardaba en el viejo apeadero, como si el tiempo se hubiera detenido en la nieve y en el vapor de la oxidada caldera. Sabía que desde hacía muchos años por aquellas vías ya no circulaba ningún tren, pero era también consciente de que en ese momento, a punto de anochecer, alguien había encendido la luz del farol, que temblaba con luz dorada, y que el viejo ferrocarril de mercancías parecía estar esperándolo a él. Ahora, cuando el viento traía voces antiguas y murmullos de viajeros que nunca llegaron, no podía perder la oportunidad de alejarse de un mundo que no le gustaba.

Cuando el tren quedó, finalmente, inmóvil, el humo pareció dibujar figuras que lo saludaban. El hombre sonrió, y sintió que su maleta se volvía tan ligera como ese humo. No lo pensó más. Subió al tren. Sabía que este, en su ensoñación, iba a partir hacia un horizonte donde la nieve brillaría como esperanza.

viernes, 7 de agosto de 2026

La joven y el gato

Dicen que la fotografía de la joven con el gato en brazos llevaba demasiado tiempo sobre la cómoda y que ya nadie recordaba quién era ella. Solo quedaba el gato, viejo y silencioso, siempre durmiendo bajo la imagen.

Cuando la abuela murió, vaciaron la casa habitación por habitación, sin saber que era lo que buscaban. Parece que fue en ese registro cuando, detrás del marco, encontraron una nota atrapada en el polvo. Dicen que ella había escrito: “Si alguien lee esto, he decidido empezar otra vida y no volveré”.

Cuando esto sucedió, el gato, que nunca se había alejado de la fotografía, habría maullado frente a la puerta como si aún la estuviera esperando. Nunca se le volvió a ver.

lunes, 3 de agosto de 2026

Ausencias

Alguien diría que los ancianos, al lado del retrato de su hija, están esperando a que algún día despierte. Ella, desde la imagen, con los ojos cerrados, parece escuchar los suspiros que no se dicen. La habitación huele a polvo y a tiempo detenido.

En la caja de madera, siempre cerrada, ellos guardan las cartas que nunca se atrevieron a enviar. Él, a veces, acaricia la tapa. Ella murmura su nombre, apenas audible, como si el silencio pudiera traerla de vuelta. Ambos sienten así, día tras día, que la ausencia, sin decir palabra, está con ellos.

sábado, 1 de agosto de 2026

Tiempos de vida

Estaba apoyado en la penumbra y contemplaba como en los azules estaba guardada mi juventud, como una camisa olvidada en otro cuerpo, y que en el otro lado, bajo los amarillos, los dos rostros de los ancianos estaban encendidos y parecía que me conocían desde antes de que yo hubiera nacido siquiera. Ninguno se movía, pero el tiempo cruzaba entre ellos como un gato silencioso que estuviera rozando sus piernas, mis piernas.

Sentía que en el tránsito entre ambas parejas el tiempo, invisible y lento, parecía envolverme con sus manos de polvo y comprendí, entonces, que los ancianos no eran extraños, sino nosotros mismos después de haber aprendido a vivir.

Fue entonces cuando la muchacha del muro azul me miró como se mira a un recuerdo que aún no ha sucedido. En su mirada, por un instante, sentí que mi vida entera cabía en la distancia silenciosa entre esos cuatro cuerpos. Luego ella bajó los ojos, como si ya supiera cuánto cuesta permanecer al lado de alguien, y yo entendí, con una ternura inexplicable, que envejecer es seguir mirándonos sin dejar de reconocernos.

jueves, 30 de julio de 2026

Caballos

La anciana flotaba sobre el campo como si su espíritu estuviera aprendiendo a ser viento. De su pecho, diluyéndose, surgían unos caballos que nadie esperaba. No eran criaturas reales sino fragmentos de su alma escapando al galope.

Es posible que el alazán fuese su valentía intemporal, el tordo representase sus miedos más antiguos y el bayo su risas que aún seguían temblando en el aire. Cada uno, al alejarse, la miraba y la reconocía como madre y origen.

Cuando el último se perdió en la llanura, aunque los latidos de su alma siguieran corriendo, el rostro de la mujer se transformó en cielo.

sábado, 25 de julio de 2026

El caballo y la música

La música brotó del gramófono como un río antiguo, y el niño subió a la silla como quien escala un recuerdo. Sus dedos tocaron mi cuello, y sentí que la piel se me volvía viento. Cada nota me abría una puerta: a un establo que ya no existe, a una noche donde fui cometa.

El niño no hablaba, pero su mirada tenía el idioma de los que sueñan despiertos. Yo, que fui caballo de feria, de trabajo, de campo, ahora soy una criatura de salón y milagro. La lámpara colgante me susurra secretos, y yo los guardo para no olvidarlos.

Con la música siento que el suelo cruje como si recordara pasos que aún no han ocurrido, y mientras la mano del niño me acaricia, quisiera que esa música no terminará nunca.

domingo, 19 de julio de 2026

La anciana y el perro

La anciana acariciaba el borde del vaso como si leyera en él los años que no volverían. El perro, con la cabeza apoyada en la mesa, parecía escuchar unas palabras que nadie decía. Afuera, el viento traía olor a uvas fermentadas, como si el vino quisiera regresar a la tierra. La pared azul, con manchas amarillas, vibraba levemente, como si respirara. En algún momento, la botella se inclinó sola, derramando unas gotas de vino que cayeron sobra la madera. El perro ladró con delicadeza y la anciana sonrió sin mover los labios. Creía -dicen- que en esos ladridos estaba encerrada la dulce voz de un nieto perdido.

viernes, 17 de julio de 2026

El payaso enamorado

Cada noche, el payaso encendía la bombilla colgante y esperaba en silencio. La bailarina, hecha de porcelana y polvo de luna, giraba al compás de la música del gramófono. Él le hablaba con los ojos, ella respondía con arabescos suspendidos en el aire. Los globos flotaban como testigos mudos, y el árbol sin hojas susurraba viejas promesas.

La bailarina nunca envejecía, nunca parpadeaba, nunca se iba. Una madrugada, el payaso se acercó, temblando, y la besó en la frente. Entonces ella parpadeó y sus pies se posaron en el suelo con un suspiro de niebla estelar. “Llevo mucho tiempo esperándote”, dijo, con voz de viento antiguo.

El payaso, incrédulo, extendió la mano. Ella la tomó, y juntos salieron por la ventana hacia el cielo, mientras los globos descendían lentamente, como si ya no tuvieran a quién sostener.

sábado, 11 de julio de 2026

Dia de San Valentín

Cada 14 de febrero, la casa se llenaba de una luz que no venía de ninguna lámpara. Justo al anochecer, dos figuras aparecían sentadas frente a la mesa: un hombre de treinta años con ojos que contenían otoños, y una mujer de piel verde y mirada estelar. Las copas brillaban con recuerdos líquidos, y las botellas guardaban promesas. Ellos no hablaban, pero sus miradas tejían constelaciones invisibles.

Los vecinos decían que era una ilusión, un eco de algo que nunca ocurrió. Solo algunos sabían que en otro tiempo el hombre había amado a una mujer que no era de aquí y que había prometido esperarla cada día de San Valentín, ya que sabía que el amor no entiende de especies ni distancias, pero si que conoce de encuentros que pueden desafiar la lógica del universo.

jueves, 2 de julio de 2026

Atardecer

Desde la baranda de piedra, contemplo la casa solitaria y sus ventanas iluminadas como un faro tibio en la bruma. El árbol seco parece inclinarse hacia ella, como si escuchara secretos que el viento no se atreve a repetir. Los pájaros cruzan el cielo en silencio, trazando rutas invisibles sobre las aguas quietas.

No hay nadie más, solo yo y este paisaje que respira despacio, como si estuviera esperando algo. La luz del atardecer se curva, se pliega, y por un instante el tiempo parece detenerse. Es entonces cuando la casa parece parpadear, y su puerta se abre sin que nadie la toque. De ella sale una figura hecha de niebla, que me reconoce y me llama por mi nombre, aunque yo nunca he estado aquí antes.

miércoles, 1 de julio de 2026

El anciano y el caballo

El caballo avanzó despacio entre la niebla. Parecía no tener prisa. Yo lo seguía, envuelto en mi capa, sin saber por qué. Sentí en mi alma que sus pasos resonaban como ecos de un tiempo anterior a nosotros. Al poco, pude contemplar como el bosque se abría ante él, como si lo reconociera. Me detuve al borde del claro, y me sentí temblar. El caballo lo cruzó solo, y el mundo, cuando él se alejó, se cerró para mí.

jueves, 25 de junio de 2026

La sombra que nos señala

Cada mañana, la sombra aparecía puntual sobre el muro verde, alzando una mano como quien saluda desde otro tiempo. Nadie sabía de quién era, pero los vecinos decían que hablaba, aunque no con palabras. A veces parecía advertir, otras consolar. Elena, la portera, juraba que la sombra le había contado secretos del edificio: amores escondidos, llaves perdidas, pactos rotos.

Un día, la sombra no apareció. El sol brillaba igual, pero el muro estaba mudo. Desde entonces, Elena deja una silla vacía frente al muro, por si vuelve. Y cada tarde, le pregunta en voz baja si el silencio también tiene memoria.