La plaza brillaba como un espejo recién despertado, y nadie sabía qué recuerdos reflejaban en los charcos las ventanas que nunca dormían. Parece que en otros tiempos los fantasmas, por la noche, cuando llovía, bajaban a pasear, siempre con sus paraguas cerrados. No hacían ruido, solo se movían en la luz, como si respiraban el aire caliente que emanaba de las farolas. Se contaba también que se movían descalzos para no romper el silencio y que era frecuente que se sentaran en las mesas vacías y conversaran con las sombras que dejaba la lluvia. Algunas veces, incluso, alguno de ellos miraba la gran pantalla luminosa y juraba reconocerse en el rostro que parpadeaba.
Al primer rayo del alba, sin embargo, todos volvían a encerrarse en sus muros, dejando tras de sí unos murmullos y un leve olor a lluvia que solo entendía la piedra.
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jueves, 6 de agosto de 2026
martes, 4 de agosto de 2026
Abandonos
Desde que yo era niño, al menos, la puerta de hierro siempre ha estado cerrada, como si respirara en un silencio que estuviera fuera del tiempo. La hiedra, mientras tanto, la ha ido abrazando poco a poco, ocultando su forma hasta integrarla en parte de un jardín que nadie puede ver.
Por las noches, algunos afirman que en la vieja casa han escuchado el tintineo de copas y un murmullo que parece venir de otros mundos. Dicen también, seguro que es pura leyenda, que cuando eso sucede, el viento trae un perfume antiguo, mezcla de polvo y jazmín.
Yo, de niño, la toqué alguna vez y puedo jurar que sentí un pulso tibio bajo el metal. Quizá, pienso ahora, la casa sigue esperando que algún día alguien recuerde su nombre. Mientras tanto, todos sabemos que los gatos, cuando pasan al lado de la puerta, se detienen y la miran con fijeza, para retroceder luego sin ruido.
Por las noches, algunos afirman que en la vieja casa han escuchado el tintineo de copas y un murmullo que parece venir de otros mundos. Dicen también, seguro que es pura leyenda, que cuando eso sucede, el viento trae un perfume antiguo, mezcla de polvo y jazmín.
Yo, de niño, la toqué alguna vez y puedo jurar que sentí un pulso tibio bajo el metal. Quizá, pienso ahora, la casa sigue esperando que algún día alguien recuerde su nombre. Mientras tanto, todos sabemos que los gatos, cuando pasan al lado de la puerta, se detienen y la miran con fijeza, para retroceder luego sin ruido.
domingo, 2 de agosto de 2026
Piel negra
Desde mi tumbona he contemplado como el hombre, arrastrando los pies, caminaba por la playa con ese desánimo que es propio de quienes están cruzando un desierto en el tiempo. A su lado, las gaviotas, espíritus del mar, guardianas de lo que no pertenece a nadie, han mirado las baratijas que él portaba, que brillaban como fragmentos de memoria arrancados de tiempos pasados.
He sentido, como él, que el horizonte se le abre como una promesa que posiblemente nunca se cumplirá. Sus pasos son oraciones mudas, escritas sobre la arena en la que sus pies se hunden.
Poco a poco, penosamente, él se ha ido alejando. Estoy paladeando y siento un mal sabor en mi boca. El mar, mientras tanto, está en silencio. Quizá intenta ser una frontera invisible.
He sentido, como él, que el horizonte se le abre como una promesa que posiblemente nunca se cumplirá. Sus pasos son oraciones mudas, escritas sobre la arena en la que sus pies se hunden.
Poco a poco, penosamente, él se ha ido alejando. Estoy paladeando y siento un mal sabor en mi boca. El mar, mientras tanto, está en silencio. Quizá intenta ser una frontera invisible.
miércoles, 29 de julio de 2026
Historias de otros tiempos
Cuando he entrado en el patio he sentido que el aire mismo se ha detenido para que pudiera escuchar el murmullo de las flores. Las macetas, mientras tanto, están trepando por las paredes encaladas como si intentaran alcanzar un cielo que solo aquí dentro existe.
Me he quedado inmóvil, respirando el perfume húmedo que sube desde la tierra recién regada y cada color de las flores parece querer contarme historias de otros tiempos, de otras personas que aquí vivieron y amaron.
Alguien diría que de la fuente, al fondo, no fluye agua sino luz, una luz que respira mientras me confirma esas verdades antiguas que ya nadie recuerda. No sé si soy yo quién está contemplando esta belleza o es el patio el que, mientras me susurra, me está contemplando a mí. Solo soy consciente de que siento que el aire está cambiando de peso, como si alguien invisible estuviera caminando a mi lado.
Me he quedado inmóvil, respirando el perfume húmedo que sube desde la tierra recién regada y cada color de las flores parece querer contarme historias de otros tiempos, de otras personas que aquí vivieron y amaron.
Alguien diría que de la fuente, al fondo, no fluye agua sino luz, una luz que respira mientras me confirma esas verdades antiguas que ya nadie recuerda. No sé si soy yo quién está contemplando esta belleza o es el patio el que, mientras me susurra, me está contemplando a mí. Solo soy consciente de que siento que el aire está cambiando de peso, como si alguien invisible estuviera caminando a mi lado.
martes, 28 de julio de 2026
Brote de higuera
Los brotes de la vieja higuera empezaban a despertar. Me fijé en una de sus ramas, de la que surgía una nueva vida, pequeña, pero decidida a vivir. Sentí que podía respirar lentamente, al ritmo de la tierra. La contemplé en silencio. Después de tantos inviernos, pensé, la vida estaba encontrando una nueva forma de retornar. El aire olía a tierra húmeda y a promesa de primavera.
En mi delirio, creí sentir que el brote temblaba, como si me reconociera, y supe que no solo el árbol despertaba: también el mundo volvía a empezar y mis esperanzas estaban renaciendo.
En mi delirio, creí sentir que el brote temblaba, como si me reconociera, y supe que no solo el árbol despertaba: también el mundo volvía a empezar y mis esperanzas estaban renaciendo.
domingo, 26 de julio de 2026
Amistad
Justo antes de llegar al bosque, cuando el sendero se abría al cielo, los niños detuvieron sus bicicletas. Les habían dicho que en primavera se abría un resplandor especial entre los árboles y que de esa luz brotaban diminutas criaturas, aladas. Si prestaban atención podrían escuchar como cantaban en silencio.
Los tres amigos, sin miedo, ofrecieron sus manos y el bosque respondió con algo que semejaba un latido profundo. Para entonces las montañas, en la lejanía, parecían haberse inclinado ante ellos.
Fue en ese momento cuando los tres fueron tomando conciencia de que la naturaleza, cuando confía, revela su magia a quienes, como ellos, han descubierto que la amistad puede ser un canto a la tierra.
Los tres amigos, sin miedo, ofrecieron sus manos y el bosque respondió con algo que semejaba un latido profundo. Para entonces las montañas, en la lejanía, parecían haberse inclinado ante ellos.
Fue en ese momento cuando los tres fueron tomando conciencia de que la naturaleza, cuando confía, revela su magia a quienes, como ellos, han descubierto que la amistad puede ser un canto a la tierra.
viernes, 24 de julio de 2026
Cristo de la Expiración
En la penumbra de la Capilla de la Expiración, se siente como respira el silencio. El “Santísimo Cristo de la Expiración” inclina la cabeza, como si aún escuchara los últimos susurros del mundo. A sus pies, “María Santísima del Silencio” sostiene un dolor que no necesita expresarse en palabras. Las velas tiemblan, y sus llamas custodian algo que solamente la fe comprende. El aire huele a azahar y a plegarias que se repiten en el tiempo. Ante la visión de las imágenes, todo está suspendido, y Córdoba parece haberse arrodillado.
jueves, 23 de julio de 2026
Primavera
Me acerqué al brote de la higuera y cuando iba a fotografiarla sentí que ella me observaba y que su verde recién nacido murmuraba mi nombre, como si recordara algo que yo había olvidado. El aire vibraba a su alrededor, y por un instante creí ver que el brote había nacido, realmente, de una nada inexistente. Cuando lo toqué, sentí también que una tibieza imposible me recorría el pecho, como si la primavera hubiera despertado dentro de mí. Sé que no es cierto, que la primavera aún no ha llegado, pero en este brote ya la escucho respirar.
miércoles, 22 de julio de 2026
Un rayo de luz
Bajo los arcos antiguos, la procesión avanza en silencio. Los niños caminan despacio mientras un rayo de luz, que atraviesa la penumbra y cae en diagonal, los convierte en pequeñas apariciones. Vestidos de encajes blancos y de una fe que todavía no comprenden, avanzan entre las columnas infinitas.
El metal de la cruz está brillando, y contemplando la escena uno siente que el silencio que reina no es vacío: es una promesa de algo de lo que solamente los encapuchados, que parecen sombras que aprendieron a rezar, son conscientes. Ellos saben que en este momento todo murmura: la historia, las culpas, las esperanzas, y que en este instante suspendido, la infancia y lo eterno caminan al mismo paso.
martes, 21 de julio de 2026
La hora azul
Era la hora azul, y la luz del atardecer caía sobre la Plaza de las Tendillas como un susurro. Se habían encendido las farolas y el aire se había vuelto dorado, como si la ciudad quisiera posar para las miradas de la gente.
Yo estaba delante de la estatua, parado, escuchando el murmullo de quienes atravesaban la plaza como un río manso y fue entonces cuando reparé en el fotógrafo y en como quería captar cada paso, cada sombra, cada gesto.
El hombre estaba intentando seguirle el pulso a la ciudad, que a esa hora latía más despacio. Cuando comenzó a disparar, supe que estaba atrapando unos instantes que no volverían, pero que siempre me esperarían allí.
sábado, 18 de julio de 2026
Una leve sonrisa
Conseguí abrirme paso entre la multitud, cámara en mano, buscando uno de esos instantes que lo dicen todo sin pronunciar palabras. Había visto a una mujer, firme como un roble, que nos enseñaba su camiseta con una frase escrita: “No a la guerra”. Yo pensaba que, quizás, ajena, o no, a otros temblores que sacuden el mundo: pisoteo de los derechos humanos, terrorismo, abusos de todo tipo...
Frente a ella, una fotógrafa se había inclinado intentando captar el gesto exacto en que la dignidad se vuelve luz. Yo, sin tiempo para pensar, encuadré la escena desde atrás, atrapado por la fuerza de ambas mujeres, por la mezcla de lucha en una y la pasión por captarla en otra. El murmullo de la manifestación del “Día de la Mujer” nos envolvía a todos. Disparé justo cuando la segunda mujer también lo hacía, convencido de haber capturado un instante irrepetible.
Solo después, al revisar la imagen, descubrí que la mujer que reclamaba paz en el mundo no nos miraba a nosotros y que en sus ojos estaba el reflejo de esa leve sonrisa que impregna la serenidad de alguien que en su vida ya ha visto demasiados horrores.
Frente a ella, una fotógrafa se había inclinado intentando captar el gesto exacto en que la dignidad se vuelve luz. Yo, sin tiempo para pensar, encuadré la escena desde atrás, atrapado por la fuerza de ambas mujeres, por la mezcla de lucha en una y la pasión por captarla en otra. El murmullo de la manifestación del “Día de la Mujer” nos envolvía a todos. Disparé justo cuando la segunda mujer también lo hacía, convencido de haber capturado un instante irrepetible.
Solo después, al revisar la imagen, descubrí que la mujer que reclamaba paz en el mundo no nos miraba a nosotros y que en sus ojos estaba el reflejo de esa leve sonrisa que impregna la serenidad de alguien que en su vida ya ha visto demasiados horrores.
jueves, 16 de julio de 2026
Monja de carnaval
La mujer, con sus hábitos monjiles, cantaba en la calle con una alegría que hacía vibrar el suelo. Su voz, impregnada de magia, parecía abrir suspiros en el desfile carnavalesco, como si este estuviera respirando a través de ella. Los niños la seguían, hipnotizados por algo que no sabían nombrar, y todos vieron que cuando ella alzó los brazos, el viento dejó de soplar y el aire quedó inmóvil. Solo entonces descubrieron que no era una simple mujer disfrazada, sino algún espíritu festivo ancestral que se había introducido, quizás por primera vez en mucho tiempo, en ese cuerpo que cantaba.
miércoles, 15 de julio de 2026
Guardianas del carnaval
Bajo el peso brillante de mi tocado, estoy sintiendo que el mundo respira al ritmo de mis pasos y que la música vibra en mis huesos como si despertara unos sentimientos que, ocultos durante el año, duermen en mí.
Bailo sonriendo, porque cada destello de lentejuela es un latido que comparto con mis hermanas. En el aire se huele la magia de unos viejos secretos que estuvieran a punto de revelarse.
Mientras avanzamos, estoy notando que mis pies ya no tocan el suelo, sino que parecen flotar como plumas encendidas. La multitud nos aplaude, sin saber que algunas ya no estamos desfilando: estamos ascendiendo. Las compañeras nos miramos, y descubro que ellas también lo están sintiendo. Cuando por fin cruzamos el arco final del desfile, en la Plaza de la Corredera, hemos dejado de ser humanas y hemos vuelto a ser lo que siempre hemos sido: las guardianas de un carnaval eterno.
Bailo sonriendo, porque cada destello de lentejuela es un latido que comparto con mis hermanas. En el aire se huele la magia de unos viejos secretos que estuvieran a punto de revelarse.
Mientras avanzamos, estoy notando que mis pies ya no tocan el suelo, sino que parecen flotar como plumas encendidas. La multitud nos aplaude, sin saber que algunas ya no estamos desfilando: estamos ascendiendo. Las compañeras nos miramos, y descubro que ellas también lo están sintiendo. Cuando por fin cruzamos el arco final del desfile, en la Plaza de la Corredera, hemos dejado de ser humanas y hemos vuelto a ser lo que siempre hemos sido: las guardianas de un carnaval eterno.
lunes, 13 de julio de 2026
Bolsa de papel
El hombre hablaba por teléfono con la mujer a la que amaba mientras la noche, curiosa, se asomaba por las rendijas de su habitación. Cubría la cabeza con una bolsa de papel de estraza, como si dentro guardara un secreto demasiado frágil para mostrarse. Cada palabra que la mujer decía hacía vibrar la bolsa, llenándola de esperanzas y miedos.
Mientras él imaginaba que si se la quitaba su rostro podría romper el hechizo y ella vería todas sus grietas, la voz de la amada, tibia y distante, sonaba atravesando el papel como un rayo de luna. A veces podría decirse que lo acariciaba; otras, que lo juzgaba sin verlo.
Él hombre apretaba el teléfono contra su oído. Esperaba que el amor lo reconociera aun sin rostro. Fue en algún momento cuando sintió que la bolsa, cuando reinó el silencio, se volvía transparente, como si supiera que tarde o temprano él tendría que atreverse a respirar sin ella.
Mientras él imaginaba que si se la quitaba su rostro podría romper el hechizo y ella vería todas sus grietas, la voz de la amada, tibia y distante, sonaba atravesando el papel como un rayo de luna. A veces podría decirse que lo acariciaba; otras, que lo juzgaba sin verlo.
Él hombre apretaba el teléfono contra su oído. Esperaba que el amor lo reconociera aun sin rostro. Fue en algún momento cuando sintió que la bolsa, cuando reinó el silencio, se volvía transparente, como si supiera que tarde o temprano él tendría que atreverse a respirar sin ella.
domingo, 12 de julio de 2026
El perro y el maniquí
Cada día despierto tras el cristal, inmóvil pero consciente. Las personas pasan, miran, no ven. Solo el perro de ojos de hielo me escucha. Le hablo sin palabras, con el temblor de las hojas del jardín vertical. Le cuento que fui hombre, que amé bajo esa fuente, que un hechizo me dejó aquí.
El perro no sabe que cuando él me siente, mi corazón de tela late más fuerte. Solamente ladea la cabeza, me entiende y me promete que algún día me liberará. Y yo espero, cada tarde, que sus pasos traigan el milagro y se rompa el escaparate.
Ayer, el perro no vino. Sentí el silencio como un peso nuevo, insoportable. Entonces, desde el jardín vertical, una flor blanca cayó dentro del escaparate y tocó mi mano rígida. La tela se volvió piel. El cristal se abrió como agua. Y comprendí que no era el perro quien debía liberarme, sino el propio jardín, que siempre había conocido mi secreto.
Ayer, el perro no vino. Sentí el silencio como un peso nuevo, insoportable. Entonces, desde el jardín vertical, una flor blanca cayó dentro del escaparate y tocó mi mano rígida. La tela se volvió piel. El cristal se abrió como agua. Y comprendí que no era el perro quien debía liberarme, sino el propio jardín, que siempre había conocido mi secreto.
viernes, 10 de julio de 2026
Aguas crecidas
Estoy contemplando como el Puente Viejo se está inclinando hacia mí mientras las aguas crecidas lo acarician con furia. Le recuerdan que nada es eterno, ni siquiera la piedra.
Mientras hago la fotografía, siento que el Guadalquivir respira dentro de mi pecho. En la lejanía, los pájaros revolotean. La gente observa en silencio, temiendo que el río en algún momento llegue a despertar del todo y reclame la ciudad.
Los árboles sumergidos están agitando sus ramas, como manos que intentan escribir un conjuro, mientras que yo, atrapado entre la fotografía que intento hacer y la magia del rumor del agua, presiento que algo no deseado está a punto de producirse.
-Esta fotografía la hice el día 8 de febrero de 2026, cuando las aguas ya habían inundado el aeropuerto de Córdoba y las urbanizaciones de su entorno.
jueves, 9 de julio de 2026
Los viejos arcos
Al atardecer, la mujer cruzaba los viejos arcos para encontrarse con su hermana, recluida al otro lado desde hacía tantos años que nadie recordaba cuando había ingresado allí. Cuando los cruzó. los ladrillos del convento susurraron su nombre. Era invierno, pero el aire olía a jazmín.
Ahora, cuando dejó atrás las piedras antiguas, dicen que fue ella la que desapareció para siempre, dejando en el suelo solo una bolsa blanca y en el aire un perfume persistente.
lunes, 6 de julio de 2026
La sombra del silencio
Las sombras le borraban el contorno, como si el mundo dudara de su existencia. Su mano, detenida en un gesto incompleto, parecía buscar un amarre protector. Había en su rostro una calma demasiado tensa, frágil como un suspiro. El aire vibraba con algo que no terminaba de decirse. Solo recordaba un nombre que ya no debía pronunciar. Fue en ese instante cuando la penumbra, sin exigirle nada, le brindó su abrazó.
viernes, 3 de julio de 2026
La chica que corre
Cada tarde corro por esta calle, como si el asfalto supiera mi nombre. Hoy, al pasar frente al edificio con las ventanas enrejadas, el cartel me ha hablado: “No corras más”. Me he detenido, jadeando, y las dos personas que caminaban me han mirado como si supieran algo que yo ignoraba. El aire olía a piedra mojada, aunque no había llovido.
Al pronto, una grieta en la pared ha comenzado a abrirse, lenta, como una boca que despierta. De ella ha salido una niña idéntica a mí, pero con los ojos cerrados. Intento alcanzarla y corro detrás de ella, pero cada paso suyo va borrando uno de los míos. Pronto sé que nunca llegaré a alcanzarla.
Al pronto, una grieta en la pared ha comenzado a abrirse, lenta, como una boca que despierta. De ella ha salido una niña idéntica a mí, pero con los ojos cerrados. Intento alcanzarla y corro detrás de ella, pero cada paso suyo va borrando uno de los míos. Pronto sé que nunca llegaré a alcanzarla.
martes, 30 de junio de 2026
Imperfección en la calle
Últimamente me siento atraído por lo que podríamos llamar fotografía callejera desenfocada y de alto contraste, que suele buscar una estética cruda y emocional, más centrada en la atmósfera que en la nitidez. Este estilo de fotografía aprovecha el desenfoque para transmitir movimiento, fugacidad y la sensación de que la vida urbana pasa demasiado rápido para ser capturada con precisión.
Inspirada en fotógrafos como Daidō Moriyama, esta propuesta privilegia la imperfección, lo intuitivo y el azar por encima de la técnica clásica. Busca, en conjunto, reflejar el ritmo caótico, la soledad urbana y la poesía visual presentes en la vida cotidiana de las ciudades.
Inspirada en fotógrafos como Daidō Moriyama, esta propuesta privilegia la imperfección, lo intuitivo y el azar por encima de la técnica clásica. Busca, en conjunto, reflejar el ritmo caótico, la soledad urbana y la poesía visual presentes en la vida cotidiana de las ciudades.
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