Mostrando entradas con la etiqueta Paisaje. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paisaje. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de agosto de 2026

Esperanza

El hombre aguardaba en el viejo apeadero, como si el tiempo se hubiera detenido en la nieve y en el vapor de la oxidada caldera. Sabía que desde hacía muchos años por aquellas vías ya no circulaba ningún tren, pero era también consciente de que en ese momento, a punto de anochecer, alguien había encendido la luz del farol, que temblaba con luz dorada, y que el viejo ferrocarril de mercancías parecía estar esperándolo a él. Ahora, cuando el viento traía voces antiguas y murmullos de viajeros que nunca llegaron, no podía perder la oportunidad de alejarse de un mundo que no le gustaba.

Cuando el tren quedó, finalmente, inmóvil, el humo pareció dibujar figuras que lo saludaban. El hombre sonrió, y sintió que su maleta se volvía tan ligera como ese humo. No lo pensó más. Subió al tren. Sabía que este, en su ensoñación, iba a partir hacia un horizonte donde la nieve brillaría como esperanza.

martes, 21 de julio de 2026

La hora azul

Era la hora azul, y la luz del atardecer caía sobre la Plaza de las Tendillas como un susurro. Se habían encendido las farolas y el aire se había vuelto dorado, como si la ciudad quisiera posar para las miradas de la gente.

Yo estaba delante de la estatua, parado, escuchando el murmullo de quienes atravesaban la plaza como un río manso y fue entonces cuando reparé en el fotógrafo y en como quería captar cada paso, cada sombra, cada gesto.

El hombre estaba intentando seguirle el pulso a la ciudad, que a esa hora latía más despacio. Cuando comenzó a disparar, supe que estaba atrapando unos instantes que no volverían, pero que siempre me esperarían allí.

viernes, 10 de julio de 2026

Aguas crecidas

Estoy contemplando como el Puente Viejo se está inclinando hacia mí mientras las aguas crecidas lo acarician con furia. Le recuerdan que nada es eterno, ni siquiera la piedra.

Mientras hago la fotografía, siento que el Guadalquivir respira dentro de mi pecho. En la lejanía, los pájaros revolotean. La gente observa en silencio, temiendo que el río en algún momento llegue a despertar del todo y reclame la ciudad.

Los árboles sumergidos están agitando sus ramas, como manos que intentan escribir un conjuro, mientras que yo, atrapado entre la fotografía que intento hacer y la magia del rumor del agua, presiento que algo no deseado está a punto de producirse.

-Esta fotografía la hice el día 8 de febrero de 2026, cuando las aguas ya habían inundado el aeropuerto de Córdoba y las urbanizaciones de su entorno.

jueves, 2 de julio de 2026

Atardecer

Desde la baranda de piedra, contemplo la casa solitaria y sus ventanas iluminadas como un faro tibio en la bruma. El árbol seco parece inclinarse hacia ella, como si escuchara secretos que el viento no se atreve a repetir. Los pájaros cruzan el cielo en silencio, trazando rutas invisibles sobre las aguas quietas.

No hay nadie más, solo yo y este paisaje que respira despacio, como si estuviera esperando algo. La luz del atardecer se curva, se pliega, y por un instante el tiempo parece detenerse. Es entonces cuando la casa parece parpadear, y su puerta se abre sin que nadie la toque. De ella sale una figura hecha de niebla, que me reconoce y me llama por mi nombre, aunque yo nunca he estado aquí antes.