sábado, 19 de septiembre de 2026

La ventana

Tras los cristales del cuarto que habito, contemplo todos los días una vieja ventana de madera que también parece mirarme. Su aspecto me dice que lleva siglos cerrada, pero a veces juraría que despierta cada mañana. Quizá, en momentos de alucinación, pienso que alguna monja pudo haber sido allí emparedada, quién sabe cuándo, condenada por el Santo Oficio por haber tenido trato carnal con el mismo diablo en su juventud.

Al atardecer, cuando el sol cae, su superficie se ilumina con destellos que parecen letras antiguas escribiendo historias que nadie ha leído. Otras veces, en las noches de lluvia, siento como si la ventana murmurara palabras que se deslizan por mi cuarto y me arropan como un secreto. Creo, incluso, que a lo largo del tiempo me ha visto crecer, como una madre que nunca abrió los brazos.

Me siento algo confuso. La única certeza es que, cuando la ciudad despierte, la ventana seguirá ahí, cerrada, desgastada por una intemperie de cientos de años, guardando más allá de sus viejas maderas, en el interior de la habitación que parece custodiar, un mundo de secretos que solo en mis delirios puedo atreverme a imaginar.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Un rayo de luz

Mientras la anciana removía la olla, lo hacía como siempre: despacio, con ese gesto suyo que parecía mezclar también los años. El vapor le subía a la cara y por un momento le recordó a esas oraciones que uno dice sin pensarlas, solo porque salen solas, y se perdían en el rayo de sol que entraba por la ventana.

Afuera, la calle seguía con su ruido de gente, pero allí dentro todo estaba quieto: las patatas hirviendo, el olor a leña, ese silencio que solo tienen las cocinas antiguas. Nadie le enseñó a cocinar, eso es verdad, pero sí a aguantar. Y cada vez que metía la cuchara y movía el guiso, sentía —aunque no lo dijera en voz alta— que todavía tenía algo que hacer en el mundo, que la vida seguía ahí, acompañándola.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Hogar Moderno

La tienda, que causó sensación en su tiempo, se llamaba “Hogar Moderno” pero ahora ya no queda nada moderno en su silencio, aunque mientras empujo mi bicicleta, sigo sintiendo el eco de los pasos que antes llenaban este suelo.

Recuerdo que mi madre compró aquí las cortinas del primer piso, cuando todo nos parecía nuevo. También compró unas lámparas que nos prometían luz para toda la vida. Ahora, el metal frío de las persianas huele a abandono. Acumulan el polvo de los años y los sueños que nunca llegaron a venderse.

Tengo también en mi mente el reflejo de mi cuerpo cuando era niña en sus cristales y me pregunto si yo también habré cerrado algo dentro de mí. Es posible que el hogar moderno, con todo lo que nos prometía, fuese solamente un ensueño que el tiempo olvidó cumplir. Quizás un modo elegante que teníamos entonces para nombrar la esperanza.