Cuando la contemplo trepando por la pared encalada siento como si estuviera tanteando el mundo con sus dedos minúsculos. El cable, que alguien colocó de guía a su lado, asciende recto como un río que ya conociera que su destino es el cielo. Las ramitas, que quizá lo han confundido con un hermano, parecen ofrecerle sus zarcillos como preguntas. El cable nunca las responde, pero ellas, desde siempre, han tratado de llenar su savia con su fuerza y ensueños.
Todas las mañanas me gusta observar como van surgiendo nuevas hojitas amarillas, que semejan pequeñas lámparas encendidas y me siento feliz contemplando el milagro. Sospecho que alguna noche habrán nacido uvas de luz.
