No puedo dejar de pensar que hace veinte años yo era ella, corriendo por estas mismas calles. Ahora soy yo el que carga de su mochila y vigila cada esquina, por temor, siempre, a que se vaya a perder.
Y mientras el eco de nuestros pasos se diluye en las callejas de la Judería, he ido tomando conciencia de que ya nunca llegaré a alcanzarla del todo.
