Los brotes de la vieja higuera empezaban a despertar. Me fijé en una de sus ramas, de la que surgía una nueva vida, pequeña, pero decidida a vivir. Sentí que podía respirar lentamente, al ritmo de la tierra. La contemplé en silencio. Después de tantos inviernos, pensé, la vida estaba encontrando una nueva forma de retornar. El aire olía a tierra húmeda y a promesa de primavera.
En mi delirio, creí sentir que el brote temblaba, como si me reconociera, y supe que no solo el árbol despertaba: también el mundo volvía a empezar y mis esperanzas estaban renaciendo.

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