La tienda, que causó sensación en su tiempo, se llamaba “Hogar Moderno” pero ahora ya no queda nada moderno en su silencio, aunque mientras empujo mi bicicleta, sigo sintiendo el eco de los pasos que antes llenaban este suelo.
Recuerdo que mi madre compró aquí las cortinas del primer piso, cuando todo nos parecía nuevo. También compró unas lámparas que nos prometían luz para toda la vida. Ahora, el metal frío de las persianas huele a abandono. Acumulan el polvo de los años y los sueños que nunca llegaron a venderse.
Tengo también en mi mente el reflejo de mi cuerpo cuando era niña en sus cristales y me pregunto si yo también habré cerrado algo dentro de mí. Es posible que el hogar moderno, con todo lo que nos prometía, fuese solamente un ensueño que el tiempo olvidó cumplir. Quizás un modo elegante que teníamos entonces para nombrar la esperanza.
