Entre las grietas de las piedras con las que me construyeron, que guardan todavía los suspiros de quienes ya no están, siento que aún respiro y que el viento me acerca las voces que fueron suyas y que guardo en mis muros como si fueran semillas de futuras promesas de vida. Es él quien me ha enseñado a escuchar lo invisible y a pensar que aún tengo corazón.
Cada amanecer, la sombra del anciano me mira. Creo que busca en mis ventanas el reflejo de su juventud perdida. La mujer, que teme que pronto me derrumbe, me acaricia con su mirada, que ya no espera nada salvo que su memoria se conserve.
A veces, los rayos del sol me cubren y vuelvo a sentirme viva, como si el tiempo me tejiera de nuevo. Es entonces cuando las sombras de los ancianos entran de nuevo en mí, y vuelvo a ser hogar.
