Tras los cristales del cuarto que habito, contemplo todos los días una vieja ventana de madera que también parece mirarme. Su aspecto me dice que lleva siglos cerrada, pero a veces juraría que despierta cada mañana. Quizá, en momentos de alucinación, pienso que alguna monja pudo haber sido allí emparedada, quién sabe cuándo, condenada por el Santo Oficio por haber tenido trato carnal con el mismo diablo en su juventud.
Al atardecer, cuando el sol cae, su superficie se ilumina con destellos que parecen letras antiguas escribiendo historias que nadie ha leído. Otras veces, en las noches de lluvia, siento como si la ventana murmurara palabras que se deslizan por mi cuarto y me arropan como un secreto. Creo, incluso, que a lo largo del tiempo me ha visto crecer, como una madre que nunca abrió los brazos.
Me siento algo confuso. La única certeza es que, cuando la ciudad despierte, la ventana seguirá ahí, cerrada, desgastada por una intemperie de cientos de años, guardando más allá de sus viejas maderas, en el interior de la habitación que parece custodiar, un mundo de secretos que solo en mis delirios puedo atreverme a imaginar.
