Cada tarde corro por esta calle, como si el asfalto supiera mi nombre. Hoy, al pasar frente al edificio con las ventanas enrejadas, el cartel me ha hablado: “No corras más”. Me he detenido, jadeando, y las dos personas que caminaban me han mirado como si supieran algo que yo ignoraba. El aire olía a piedra mojada, aunque no había llovido.
Al pronto, una grieta en la pared ha comenzado a abrirse, lenta, como una boca que despierta. De ella ha salido una niña idéntica a mí, pero con los ojos cerrados. Intento alcanzarla y corro detrás de ella, pero cada paso suyo va borrando uno de los míos. Pronto sé que nunca llegaré a alcanzarla.

No hay comentarios:
Publicar un comentario