Estaba apoyado en la penumbra y contemplaba como en los azules estaba guardada mi juventud, como una camisa olvidada en otro cuerpo, y que en el otro lado, bajo los amarillos, los dos rostros de los ancianos estaban encendidos y parecía que me conocían desde antes de que yo hubiera nacido siquiera. Ninguno se movía, pero el tiempo cruzaba entre ellos como un gato silencioso que estuviera rozando sus piernas, mis piernas.
Sentía que en el tránsito entre ambas parejas el tiempo, invisible y lento, parecía envolverme con sus manos de polvo y comprendí, entonces, que los ancianos no eran extraños, sino nosotros mismos después de haber aprendido a vivir.
Fue entonces cuando la muchacha del muro azul me miró como se mira a un recuerdo que aún no ha sucedido. En su mirada, por un instante, sentí que mi vida entera cabía en la distancia silenciosa entre esos cuatro cuerpos. Luego ella bajó los ojos, como si ya supiera cuánto cuesta permanecer al lado de alguien, y yo entendí, con una ternura inexplicable, que envejecer es seguir mirándonos sin dejar de reconocernos.

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