viernes, 7 de agosto de 2026

La joven y el gato

Dicen que la fotografía de la joven con el gato en brazos llevaba demasiado tiempo sobre la cómoda y que ya nadie recordaba quién era ella. Solo quedaba el gato, viejo y silencioso, siempre durmiendo bajo la imagen.

Cuando la abuela murió, vaciaron la casa habitación por habitación, sin saber que era lo que buscaban. Parece que fue en ese registro cuando, detrás del marco, encontraron una nota atrapada en el polvo. Dicen que ella había escrito: “Si alguien lee esto, he decidido empezar otra vida y no volveré”.

Cuando esto sucedió, el gato, que nunca se había alejado de la fotografía, habría maullado frente a la puerta como si aún la estuviera esperando. Nunca se le volvió a ver.

jueves, 6 de agosto de 2026

Un cuento de fantasmas

La plaza brillaba como un espejo recién despertado, y nadie sabía qué recuerdos reflejaban en los charcos las ventanas que nunca dormían. Parece que en otros tiempos los fantasmas, por la noche, cuando llovía, bajaban a pasear, siempre con sus paraguas cerrados. No hacían ruido, solo se movían en la luz, como si respiraban el aire caliente que emanaba de las farolas. Se contaba también que se movían descalzos para no romper el silencio y que era frecuente que se sentaran en las mesas vacías y conversaran con las sombras que dejaba la lluvia. Algunas veces, incluso, alguno de ellos miraba la gran pantalla luminosa y juraba reconocerse en el rostro que parpadeaba.

Al primer rayo del alba, sin embargo, todos volvían a encerrarse en sus muros, dejando tras de sí unos murmullos y un leve olor a lluvia que solo entendía la piedra.

miércoles, 5 de agosto de 2026

El hombre y el tiempo

Cada mañana, el hombre despertaba antes que el sol y daba cuerda al reloj de mesa, como si al girar la llave pudiera retrasar el olvido. El reloj, sin embargo, viejo y terco, detenido en el pasado, marcaba siempre aquella hora de espanto en que su esposa había desaparecido entre las sombras de una tormenta que ya solo él recordaba.

Dicen que el tiempo se había detenido en el reloj por pura compasión, y que los segundos, huidizos, se escondían en las arrugas del rostro del hombre solitario. A veces, al mirarlo fijamente, uno siente que él está envejeciendo más deprisa de lo normal. Y que el reloj, en su silencio, sigue contando aquellas historias que ya todos han olvidado.

martes, 4 de agosto de 2026

Abandonos

Desde que yo era niño, al menos, la puerta de hierro siempre ha estado cerrada, como si respirara en un silencio que estuviera fuera del tiempo. La hiedra, mientras tanto, la ha ido abrazando poco a poco, ocultando su forma hasta integrarla en parte de un jardín que nadie puede ver.

Por las noches, algunos afirman que en la vieja casa han escuchado el tintineo de copas y un murmullo que parece venir de otros mundos. Dicen también, seguro que es pura leyenda, que cuando eso sucede, el viento trae un perfume antiguo, mezcla de polvo y jazmín.

Yo, de niño, la toqué alguna vez y puedo jurar que sentí un pulso tibio bajo el metal. Quizá, pienso ahora, la casa sigue esperando que algún día alguien recuerde su nombre. Mientras tanto, todos sabemos que los gatos, cuando pasan al lado de la puerta, se detienen y la miran con fijeza, para retroceder luego sin ruido.

lunes, 3 de agosto de 2026

Ausencias

Alguien diría que los ancianos, al lado del retrato de su hija, están esperando a que algún día despierte. Ella, desde la imagen, con los ojos cerrados, parece escuchar los suspiros que no se dicen. La habitación huele a polvo y a tiempo detenido.

En la caja de madera, siempre cerrada, ellos guardan las cartas que nunca se atrevieron a enviar. Él, a veces, acaricia la tapa. Ella murmura su nombre, apenas audible, como si el silencio pudiera traerla de vuelta. Ambos sienten así, día tras día, que la ausencia, sin decir palabra, está con ellos.

domingo, 2 de agosto de 2026

Piel negra

Desde mi tumbona he contemplado como el hombre, arrastrando los pies, caminaba por la playa con ese desánimo que es propio de quienes están cruzando un desierto en el tiempo. A su lado, las gaviotas, espíritus del mar, guardianas de lo que no pertenece a nadie, han mirado las baratijas que él portaba, que brillaban como fragmentos de memoria arrancados de tiempos pasados.

He sentido, como él, que el horizonte se le abre como una promesa que posiblemente nunca se cumplirá. Sus pasos son oraciones mudas, escritas sobre la arena en la que sus pies se hunden.

Poco a poco, penosamente, él se ha ido alejando. Estoy paladeando y siento un mal sabor en mi boca. El mar, mientras tanto, está en silencio. Quizá intenta ser una frontera invisible.

sábado, 1 de agosto de 2026

Tiempos de vida

Estaba apoyado en la penumbra y contemplaba como en los azules estaba guardada mi juventud, como una camisa olvidada en otro cuerpo, y que en el otro lado, bajo los amarillos, los dos rostros de los ancianos estaban encendidos y parecía que me conocían desde antes de que yo hubiera nacido siquiera. Ninguno se movía, pero el tiempo cruzaba entre ellos como un gato silencioso que estuviera rozando sus piernas, mis piernas.

Sentía que en el tránsito entre ambas parejas el tiempo, invisible y lento, parecía envolverme con sus manos de polvo y comprendí, entonces, que los ancianos no eran extraños, sino nosotros mismos después de haber aprendido a vivir.

Fue entonces cuando la muchacha del muro azul me miró como se mira a un recuerdo que aún no ha sucedido. En su mirada, por un instante, sentí que mi vida entera cabía en la distancia silenciosa entre esos cuatro cuerpos. Luego ella bajó los ojos, como si ya supiera cuánto cuesta permanecer al lado de alguien, y yo entendí, con una ternura inexplicable, que envejecer es seguir mirándonos sin dejar de reconocernos.

jueves, 30 de julio de 2026

Caballos

La anciana flotaba sobre el campo como si su espíritu estuviera aprendiendo a ser viento. De su pecho, diluyéndose, surgían unos caballos que nadie esperaba. No eran criaturas reales sino fragmentos de su alma escapando al galope.

Es posible que el alazán fuese su valentía intemporal, el tordo representase sus miedos más antiguos y el bayo su risas que aún seguían temblando en el aire. Cada uno, al alejarse, la miraba y la reconocía como madre y origen.

Cuando el último se perdió en la llanura, aunque los latidos de su alma siguieran corriendo, el rostro de la mujer se transformó en cielo.

miércoles, 29 de julio de 2026

Historias de otros tiempos

Cuando he entrado en el patio he sentido que el aire mismo se ha detenido para que pudiera escuchar el murmullo de las flores. Las macetas, mientras tanto, están trepando por las paredes encaladas como si intentaran alcanzar un cielo que solo aquí dentro existe.

Me he quedado inmóvil, respirando el perfume húmedo que sube desde la tierra recién regada y cada color de las flores parece querer contarme historias de otros tiempos, de otras personas que aquí vivieron y amaron.

Alguien diría que de la fuente, al fondo, no fluye agua sino luz, una luz que respira mientras me confirma esas verdades antiguas que ya nadie recuerda. No sé si soy yo quién está contemplando esta belleza o es el patio el que, mientras me susurra, me está contemplando a mí. Solo soy consciente de que siento que el aire está cambiando de peso, como si alguien invisible estuviera caminando a mi lado.

martes, 28 de julio de 2026

Brote de higuera

Los brotes de la vieja higuera empezaban a despertar. Me fijé en una de sus ramas, de la que surgía una nueva vida, pequeña, pero decidida a vivir. Sentí que podía respirar lentamente, al ritmo de la tierra. La contemplé en silencio. Después de tantos inviernos, pensé, la vida estaba encontrando una nueva forma de retornar. El aire olía a tierra húmeda y a promesa de primavera.

En mi delirio, creí sentir que el brote temblaba, como si me reconociera, y supe que no solo el árbol despertaba: también el mundo volvía a empezar y mis esperanzas estaban renaciendo.

lunes, 27 de julio de 2026

El viaje a ninguna parte

Cuando la vi sentada en medio del camino, sus pensamientos parecían respirar con el viento. Estábamos en la pura soledad y yo sentía que todo estaba en suspenso. La geisha me miraba con una calma que no pertenecía al tiempo, y su kimono azul y amarillo parecía latir con luz propia. Le pedí que no se moviera, pero el aire ya la estaba desdibujando. A su lado, la vieja maleta parecía temblar, como si fuera capaz de recordar viajes ancestrales que ya debería haber olvidado.

Cuando el obturador sonó, sentí que la mirada de ella atravesaba el cristal y atrapaba algo de mí.

Desde entonces, cada vez que contemplo la imagen, escucho el rumor de un viaje que nunca terminará. Había captado el inicio de un viaje imposible, un viaje que no iba a conducir a la mujer a ningún lugar, sino a su propia memoria.

domingo, 26 de julio de 2026

Amistad

Justo antes de llegar al bosque, cuando el sendero se abría al cielo, los niños detuvieron sus bicicletas. Les habían dicho que en primavera se abría un resplandor especial entre los árboles y que de esa luz brotaban diminutas criaturas, aladas. Si prestaban atención podrían escuchar como cantaban en silencio.

Los tres amigos, sin miedo, ofrecieron sus manos y el bosque respondió con algo que semejaba un latido profundo. Para entonces las montañas, en la lejanía, parecían haberse inclinado ante ellos.

Fue en ese momento cuando los tres fueron tomando conciencia de que la naturaleza, cuando confía, revela su magia a quienes, como ellos, han descubierto que la amistad puede ser un canto a la tierra.

sábado, 25 de julio de 2026

El caballo y la música

La música brotó del gramófono como un río antiguo, y el niño subió a la silla como quien escala un recuerdo. Sus dedos tocaron mi cuello, y sentí que la piel se me volvía viento. Cada nota me abría una puerta: a un establo que ya no existe, a una noche donde fui cometa.

El niño no hablaba, pero su mirada tenía el idioma de los que sueñan despiertos. Yo, que fui caballo de feria, de trabajo, de campo, ahora soy una criatura de salón y milagro. La lámpara colgante me susurra secretos, y yo los guardo para no olvidarlos.

Con la música siento que el suelo cruje como si recordara pasos que aún no han ocurrido, y mientras la mano del niño me acaricia, quisiera que esa música no terminará nunca.

viernes, 24 de julio de 2026

Cristo de la Expiración

En la penumbra de la Capilla de la Expiración, se siente como respira el silencio. El “Santísimo Cristo de la Expiración” inclina la cabeza, como si aún escuchara los últimos susurros del mundo. A sus pies, “María Santísima del Silencio” sostiene un dolor que no necesita expresarse en palabras. Las velas tiemblan, y sus llamas custodian algo que solamente la fe comprende. El aire huele a azahar y a plegarias que se repiten en el tiempo. Ante la visión de las imágenes, todo está suspendido, y Córdoba parece haberse arrodillado.

jueves, 23 de julio de 2026

Primavera

Me acerqué al brote de la higuera y cuando iba a fotografiarla sentí que ella me observaba y que su verde recién nacido murmuraba mi nombre, como si recordara algo que yo había olvidado. El aire vibraba a su alrededor, y por un instante creí ver que el brote había nacido, realmente, de una nada inexistente. Cuando lo toqué, sentí también que una tibieza imposible me recorría el pecho, como si la primavera hubiera despertado dentro de mí. Sé que no es cierto, que la primavera aún no ha llegado, pero en este brote ya la escucho respirar.

miércoles, 22 de julio de 2026

Un rayo de luz

Bajo los arcos antiguos, la procesión avanza en silencio. Los niños caminan despacio mientras un rayo de luz, que atraviesa la penumbra y cae en diagonal, los convierte en pequeñas apariciones. Vestidos de encajes blancos y de una fe que todavía no comprenden, avanzan entre las columnas infinitas.

El metal de la cruz está brillando, y contemplando la escena uno siente que el silencio que reina no es vacío: es una promesa de algo de lo que solamente los encapuchados, que parecen sombras que aprendieron a rezar, son conscientes. Ellos saben que en este momento todo murmura: la historia, las culpas, las esperanzas, y que en este instante suspendido, la infancia y lo eterno caminan al mismo paso.

martes, 21 de julio de 2026

La hora azul

Era la hora azul, y la luz del atardecer caía sobre la Plaza de las Tendillas como un susurro. Se habían encendido las farolas y el aire se había vuelto dorado, como si la ciudad quisiera posar para las miradas de la gente.

Yo estaba delante de la estatua, parado, escuchando el murmullo de quienes atravesaban la plaza como un río manso y fue entonces cuando reparé en el fotógrafo y en como quería captar cada paso, cada sombra, cada gesto.

El hombre estaba intentando seguirle el pulso a la ciudad, que a esa hora latía más despacio. Cuando comenzó a disparar, supe que estaba atrapando unos instantes que no volverían, pero que siempre me esperarían allí.

domingo, 19 de julio de 2026

La anciana y el perro

La anciana acariciaba el borde del vaso como si leyera en él los años que no volverían. El perro, con la cabeza apoyada en la mesa, parecía escuchar unas palabras que nadie decía. Afuera, el viento traía olor a uvas fermentadas, como si el vino quisiera regresar a la tierra. La pared azul, con manchas amarillas, vibraba levemente, como si respirara. En algún momento, la botella se inclinó sola, derramando unas gotas de vino que cayeron sobra la madera. El perro ladró con delicadeza y la anciana sonrió sin mover los labios. Creía -dicen- que en esos ladridos estaba encerrada la dulce voz de un nieto perdido.

sábado, 18 de julio de 2026

Una leve sonrisa

Conseguí abrirme paso entre la multitud, cámara en mano, buscando uno de esos instantes que lo dicen todo sin pronunciar palabras. Había visto a una mujer, firme como un roble, que nos enseñaba su camiseta con una frase escrita: “No a la guerra”. Yo pensaba que, quizás, ajena, o no, a otros temblores que sacuden el mundo: pisoteo de los derechos humanos, terrorismo, abusos de todo tipo...

Frente a ella, una fotógrafa se había inclinado intentando captar el gesto exacto en que la dignidad se vuelve luz. Yo, sin tiempo para pensar, encuadré la escena desde atrás, atrapado por la fuerza de ambas mujeres, por la mezcla de lucha en una y la pasión por captarla en otra. El murmullo de la manifestación del “Día de la Mujer” nos envolvía a todos. Disparé justo cuando la segunda mujer también lo hacía, convencido de haber capturado un instante irrepetible.

Solo después, al revisar la imagen, descubrí que la mujer que reclamaba paz en el mundo no nos miraba a nosotros y que en sus ojos estaba el reflejo de esa leve sonrisa que impregna la serenidad de alguien que en su vida ya ha visto demasiados horrores.

viernes, 17 de julio de 2026

El payaso enamorado

Cada noche, el payaso encendía la bombilla colgante y esperaba en silencio. La bailarina, hecha de porcelana y polvo de luna, giraba al compás de la música del gramófono. Él le hablaba con los ojos, ella respondía con arabescos suspendidos en el aire. Los globos flotaban como testigos mudos, y el árbol sin hojas susurraba viejas promesas.

La bailarina nunca envejecía, nunca parpadeaba, nunca se iba. Una madrugada, el payaso se acercó, temblando, y la besó en la frente. Entonces ella parpadeó y sus pies se posaron en el suelo con un suspiro de niebla estelar. “Llevo mucho tiempo esperándote”, dijo, con voz de viento antiguo.

El payaso, incrédulo, extendió la mano. Ella la tomó, y juntos salieron por la ventana hacia el cielo, mientras los globos descendían lentamente, como si ya no tuvieran a quién sostener.