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viernes, 9 de octubre de 2026

El eco de un nombre

He decidido volver a la estación como vuelven los que saben que ya han perdido y estoy contemplando como el andén respira una penumbra que parece conocer mi destino mejor que yo. Veo también que la luz parece caer en fragmentos, como si quisiera advertirme de que quien espero quizá nunca regrese.

El tiempo va pasando y siento que las vías están brillando con un fulgor antiguo, como un presagio que se enciende sólo cuando la esperanza empieza a quebrarse, y que las sombras avanzan, obstinadas, hacia ese punto donde lo real y lo imposible se mezclan.

En esta espera sombría estoy descubriendo que el mundo también me está abandonando: sé que a veces sólo queda el eco de un nombre. Un nombre solo, desnudo en la mitad del andén. Lo he pronunciado y nadie ha contestado. Solo se ha escuchado ese eco, que ya no era su voz, sino la mía.

martes, 6 de octubre de 2026

Shibuya

Parado en el semáforo estoy viendo cómo todos corren a la vez en Shibuya, pero nadie corre hacia nadie. Mientras, los neones gritan en colores que no iluminan nada, solo lo borran todo. La gente cruza la misma calle mil veces sin llegar a rozarse.

Creo que el mundo camina tan deprisa que nuestra soledad ya no pesa, se difumina en la de los otros. Y ahí estamos todos, caminando, meras siluetas en movimiento, todos solos pero cercanos en nuestra soledad.

jueves, 6 de agosto de 2026

Un cuento de fantasmas

La plaza brillaba como un espejo recién despertado, y nadie sabía qué recuerdos reflejaban en los charcos las ventanas que nunca dormían. Parece que en otros tiempos los fantasmas, por la noche, cuando llovía, bajaban a pasear, siempre con sus paraguas cerrados. No hacían ruido, solo se movían en la luz, como si respiraban el aire caliente que emanaba de las farolas. Se contaba también que se movían descalzos para no romper el silencio y que era frecuente que se sentaran en las mesas vacías y conversaran con las sombras que dejaba la lluvia. Algunas veces, incluso, alguno de ellos miraba la gran pantalla luminosa y juraba reconocerse en el rostro que parpadeaba.

Al primer rayo del alba, sin embargo, todos volvían a encerrarse en sus muros, dejando tras de sí unos murmullos y un leve olor a lluvia que solo entendía la piedra.

martes, 21 de julio de 2026

La hora azul

Era la hora azul, y la luz del atardecer caía sobre la Plaza de las Tendillas como un susurro. Se habían encendido las farolas y el aire se había vuelto dorado, como si la ciudad quisiera posar para las miradas de la gente.

Yo estaba delante de la estatua, parado, escuchando el murmullo de quienes atravesaban la plaza como un río manso y fue entonces cuando reparé en el fotógrafo y en como quería captar cada paso, cada sombra, cada gesto.

El hombre estaba intentando seguirle el pulso a la ciudad, que a esa hora latía más despacio. Cuando comenzó a disparar, supe que estaba atrapando unos instantes que no volverían, pero que siempre me esperarían allí.

viernes, 10 de julio de 2026

Aguas crecidas

Estoy contemplando como el Puente Viejo se está inclinando hacia mí mientras las aguas crecidas lo acarician con furia. Le recuerdan que nada es eterno, ni siquiera la piedra.

Mientras hago la fotografía, siento que el Guadalquivir respira dentro de mi pecho. En la lejanía, los pájaros revolotean. La gente observa en silencio, temiendo que el río en algún momento llegue a despertar del todo y reclame la ciudad.

Los árboles sumergidos están agitando sus ramas, como manos que intentan escribir un conjuro, mientras que yo, atrapado entre la fotografía que intento hacer y la magia del rumor del agua, presiento que algo no deseado está a punto de producirse.

-Esta fotografía la hice el día 8 de febrero de 2026, cuando las aguas ya habían inundado el aeropuerto de Córdoba y las urbanizaciones de su entorno.